Legados


(Columna diario La Tercera, 15 de diciembre de 2006)

Por: Patricio Arrau P.



Ha muerto el General Augusto Pinochet Ugarte. Dos son sus legados que pasarán a la historia. Uno desastroso y terrible. Otro fundacional. Uno divide y crea odiosidad entre los chilenos. El otro poco a poco es reconocido ampliamente por su aporte al país. Uno divide políticamente a la Alianza por Chile. El otro divide políticamente a la Concertación.

Son muy pocos los chilenos que se pueden autodefinir en la categoría de ser consistentemente admiradores de ambos legados o consistentemente detractores de ambos legados. La gran mayoría de los chilenos considera que el régimen que dirigió el General Pinochet violó sistemáticamente los derechos humanos, el derecho a la vida, el derecho a la libre expresión, y que hoy tenemos una democracia a pesar de él mismo. Que el hombre enfrentó circunstancias especiales, pero que la manera en la cual decidió enfrentar dichas circunstancias no estaba escrita de antemano. Tenía libre albedrío para elegir un camino diferente. La clase política que llevó al país a dichas circunstancias es responsable de incompetencia, pero no es responsable por los crímenes. Que difícil es poner a cada uno en su sitio.

Por otra parte, la gran mayoría de los chilenos puede reconocer que el legado económico del régimen de Pinochet es indiscutible. El país tiene hoy una base económica que no tiene parangón en latinoamérica. Al recorrer la historia económica de los últimos treinta años no es posible negar que el modelo económico ha calado en forma profunda. Se pudo haber caído en el populismo económico, pero se prefirió refundar las bases económicas de la Nación. Se pudo haber cedido a la demanda de la vieja clase empresarial proteccionista, pero se prefirió ensayar la apertura al exterior. Se pudo optar por el camino nacional dirigista desde el Estado, pero se prefirió diseñar nuevas instituciones descentralizadas de mercado. Se pudo haber elegido el aferrarse al patrimonio económico de las grandes compañías públicas, pero se prefirió privatizar con audacia. Se eligió un itinerario de retorno a la democracia autoritario y lento, pero afortunadamente no resultó.

Por mucho tiempo, muchos chilenos hemos vivido la tensión interna de estos dos legados. Cómo aceptar el modelo económico si hay tantas vidas de por medio. Que el legado de Pinochet es sólo el primer legado y que el segundo pertenece a una generación de jóvenes brillantes que se apropiaron de la oportunidad. Que la economía social de mercado es muy distinta al neoliberalismo de la dictadura. Que la desigualdad del ingreso es una herencia del régimen militar como si no existiera historia económica o estadísticas con anterioridad.

Ya no es necesario prolongar ese engaño. El General condujo también las reformas económicas de su gobierno y su legado económico le pertenece. La democracia chilena no sería lo mismo si no hubiese tenido la base de progreso económico que ayudó a consolidarla. Pero Chile tampoco estaría en el expectante momento en el cual se encuentra si los hombres que enfrentaron sus propias circunstancias desde 1990 en adelante, no lo hubiesen hecho tan bien. Los estadistas que han dirigido el país desde entonces han sabido liderar con firmeza. Los militares y directores que desde entonces han dirigido las Fuerzas Armadas y de Orden han sabido devolvernos el orgullo por soldados, marinos, aviadores y carabineros. Los empresarios que se la han jugado por el crecimiento han generado riqueza y bienestar. Los trabajadores que por momento han debido ser muy pacientes, han ayudado a la consolidación de la democracia. La muerte del General Pinochet permite tomar distancia de sus legados. Es la hora de apropiarse con decisión del maravilloso legado del nuevo Chile democrático.



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