Compleja Partida


((Columna diario La Tercera, 16 de febrero de 2007))

Por: Patricio Arrau P.



Que duda cabe, el ambicioso plan de transformación del sistema público de Santiago ha tenido una muy compleja partida, más difícil de lo previsto. Toda puesta en marcha es difícil y normalmente no se ajusta a lo planificado, por lo se debe tener flexibilidad y tolerancia a los desvíos del plan trazado. Bien sabemos eso quienes nos dedicamos a la puesta en marcha de proyectos y empresas. En el caso del Transantiago, debido precisamente al amplio impacto que este proyecto tiene en la población de Santiago, sorprende observar como un segmento de políticos ha perdido de vista la magnitud del desafío que está en juego y han aprovechado la oportunidad para levantar un festival de recriminaciones y acusaciones de todo tipo. El festín va desde pasar cuentas al ex Presidente Lagos, hasta repudiar la operación privada del sistema. Es necesario resistir estas presiones políticas indebidas y mantener el tranco para superar con éxito el desafío de esta puesta en marcha. Se requiere altura de miras, flexibilidad y tolerancia, y sobre todo hacer oídos sordos a los agoreros de siempre.

Me parece que la más baja de las acusaciones es aquella que escuchamos a diario en contra del ex Presidente Lagos. Lagos se caracterizaba por poner metas muy difíciles a las reparticiones públicas con el propósito de remover de su inercia a la burocracia estatal y alcanzar avances importantes en su período. Así se logró firmar una impresionante red de acuerdos comerciales, duplicar la red del metro, concluir las concesiones interurbanas y dejar listas las urbanas. Grandes obras todas. Es cierto, quizá se equivocó al exigir buses verdes en las calles durante su período, pero ello en nada desmerece el mérito que tiene por haber sido el presidente que le dio el golpe mortal al horrendo sistema de transporte público de Santiago. Desde que se cometió el gravísimo error de liberalizar a ultranza la locomoción colectiva en 1981 tuvimos que esperar hasta que un valiente Presidente Lagos enfrentara con la Ley de Seguridad Interior a los gremios de la locomoción colectiva que mantenían de rehén a la ciudad de Santiago. No cabe más que agradecerle por su visión de Estado. Seguimos esperando gestos de similar valentía para enfrentar a lo grupos corporativos que mantienen la educación, la salud, la administración del estado y las grandes empresas estatales bajo un chantaje inaceptable.

En segundo lugar está el diseño concreto del plan y los compromisos adquiridos por las partes. Después de la batalla han aparecido varios generales. Es posible que haya importantes errores de diseño de recorridos y flujos e infraestructura pública aún en construcción. También es posible que las complejidades del desarrollo y puesta en operación del sistema de pagos con tarjeta hayan sido subestimadas. Es la puesta en marcha del sistema el que permite descubrir esos errores de diseño y realizar los ajustes. Pero es claro que ninguno de los actores involucrados asumió compromisos con el propósito de defraudarlos. Simplemente es necesario comprender que se está poniendo en marcha el más ambicioso plan de transformación del trasporte público que jamás se haya intentado en país alguno en forma tan abrupta. Se están pagando las culpas de 26 años de un mal sistema y todas las culpas se pagan en pocos meses.

Al igual que en el sistema portuario nacional, el éxito de este desafío pasa por consolidar una alianza público-privada que se basa en la confianza. Los privados buscan rentabilizar en forma adecuada sus inversiones y riesgos y el Estado busca una operación de servicio público de trasporte más eficiente que la que puede proveer en forma directa, lo que al final se traduce en un mejor servicio para el usuario a un precio adecuado. Están los instrumentos para alinear a los privados en el objetivo común de que el Transantiago funcione, pero se debe actuar con mesura y flexibilidad para evitar un proceso de recriminación mutua entre privados y sector público que puede desencadenar en un proceso entrópico que lleve al fracaso del sistema. Sería el hazmerreír de todos los agoreros. De los políticos que no trepidan en bajezas, de los estatistas que no creen en soluciones privadas a los problemas públicos y de los antiguos gremios que nunca aceptaron perder las calles de Santiago.



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