El año keynesiano que viene: ¿de qué tipo?


(Columna diario La Tercera, 20 de diciembre de 2008)

Por: Patricio Arrau P.



John Mynard Keynes, una figura por años vilipendiada y arrojada al olvido, ha revivido con gran fuerza en el último tiempo. Y ello no ha sido por algún pupilo tardío que se haya vuelto genial e influyente en estos tiempos. Ha sido por obra y gracia de la crisis financiera global que sorprendió al mundo desde septiembre de este año. Actualmente existe una enorme demanda pública que pide más intervención del Estado en la economía. Esta demanda no se limita a populistas y estatistas, lo que no sería sorpresa pues ellos siempre la han tenido. Se extiende a empresarios, profesionales, consumidores, asociaciones gremiales de todo tipo. La intervención financiera, que consiste en limpiar balances cambiando papeles malos por papeles buenos, ha dado paso a la intervención de gasto fiscal en la economía global. Vamos por parte.

En una primera instancia, desde agosto de 2007 hasta septiembre de este año, las autoridades de EE.UU. siguieron la estrategia de intentar contener la crisis financiera subprime mediante rescates caso a caso, acotados, evitando así un contagio sistémico. Hasta que se les ocurrió ensayar con la caída de Lehman Brothers. Allí, la crisis financiera originada en la exhuberancia del mercado de capitales de los EE.UU. se volvió sistémica y global y requirió de una intervención sin precedentes del Estado para rescatar el sistema financiero de casi todo el mundo desarrollado. La gran duda que quedaba pendientes era qué tanto podía afectarse la economía real. Una limpieza rápida y de los balances financieros, redistribuyendo las pérdidas entre ahorrantes e inversionistas financieros, podía acotar o mitigar el impacto en la economía real. Hoy está más claro que todo el mundo desarrollado se encuentra en recesión y cada día que pasa el crecimiento de de varios países emergentes se revisa a la baja. En este escenario, el olvidado keynesianismo emerge como la respuesta a los problemas de la economía real. Cuando la economía se desacelera más allá de la cuenta, generando desempleo, capacidad ociosa y eventualmente deflación, es necesario estimular la demanda agregada para que la economía vuelva a su curso. Cada día vemos en los diarios como los gobiernos más variopintos anuncian grandes paquetes de gastos fiscales para intentar reavivar sus economías.

En la discusión macroeconómica de los años treinta no importa en que se gastaba. Era repetido el ejemplo de que el Estado debía contratar gente para hacer hoyos con una pala y contratar más gente para tapar esos hoyos. Lo importante era poner poder de compra en las manos de los consumidores. Nadie se preguntaba como sería la institución que elegiría a los beneficiados que se contrataban. ¿Quién sería el sabio burócrata que daría igualdad de oportunidades a los trabajadores para recibir la pala y el salario?. Es altamente probable que a medida que las proyecciones de la economía chilena para 2009 converjan a tasas entre 0 y 1% de crecimiento, el debate keynesiano gane fuerza. El gobierno deberá prepararse para anuncia paquetes “keynesianos” y no da lo mismo el instrumento que se utilice para estimular la demanda agregada. Promover buenos gastos, que creen empleos en el sector productivo, como los gastos de infraestructura, debieran estar en alta prioridad. Chile esta cruzado por caminos transversales en estados desastrosos. Apuntar directo a los instrumentos que destraben el crédito bancario mediante garantías a créditos adicionales puede ser muy eficiente. Esta última es la principal razón por la cual se desaceleró la economía nacional, por lo que focalizarse en reanimar el crédito es la mejor manera de estimular la demanda agregada. A riesgo de ser políticamente incorrecto, creo que el subsidio a la contratación de mano de obra es un muy mal instrumento, que adiciona poco. Finalmente, aunque el IVA es nuestro impuesto más eficiente, una rebaja transitoria y significativa, digamos al 15 o 16% por 18 meses, tiene un enorme impacto pues además de poner recursos en todos los sectores y todos los consumidores por igual, sumaría un enorme impacto positivo en las expectativas.



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