Elección Presidencial


(columna El Diario, 15-12-99)

Por: Patricio Arrau P.



Varias lecciones pueden extraerse de la elección del domingo recién pasado, todas buenas para el futuro del país y su reimpulso económico. La clave está en interpretar adecuadamente el estado de ánimo de la gente en medio de una recesión que terminó.

Quisiera extraer algunas lecciones generales que surgen de la elección presidencial.

En primer lugar, concluyo que el 96% de los votos válidamente emitidos fue para los dos candidatos que apoyan y desean mejorar el actual modelo de desarrollo económico. El desastre electoral de los tres candidatos anti-sistema es la mejor prueba de ello. No entiendo el lenguaje político que denomina a esta elección una "polarización" del electorado. Aunque puede ser correcto en su acepción científica, esta expresión confunde. A mi me parece que este resultado muestra un enorme consenso nacional en torno a temas fundamentales de desarrollo económico para Chile.

En segundo lugar, el factor Pinochet desapareció de la escena política chilena. En buena hora. El pro-pinochetismo de Arturo Frei y el anti-pinochetismo de Gladys Marín fracasaron de igual manera. Ello también sugiere que no se puede ganar votos recordando a la gente el pasado pinochetista del contrincante, así como tampoco sirve recordar lo que ocurrió en Chile hace 25 o 30 años. Esto es un signo de enorme madurez. A la gente no le interesan esos temas del pasado como ejes electorales, aunque son períodos históricos que se agregan a nuestro acervo cultural y de nación. Este hecho permite remover los vetos políticos de la transición. Es posible pensar con tranquilidad una reformulación democrática a la Constitución, una solución a los problemas pendientes de los derechos humanos y legislar sobre otros temas que han cobrado importancia, como la transparencia y "accountability" del financiamiento de las campañas electorales. Sin embargo, esos temas no pueden ser prioridad hoy, dada la coyuntura de insatisfacción con el estado de la economía, pero volverán a ser temas de Estado para dar estabilidad democrática de largo plazo, que serán planteados por el próximo Presidente de Chile. Las elecciones son acerca de quién gobernará el país en el futuro, no sobre quién lo hizo en el pasado.

Tercero. Quienes creemos que lo que se llama "tensión o rivalidad competitiva" genera eficiencia, no podemos sino festejar que existan alternativas verdaderas en nuestro sistema democrático. Esta máxima evidente de los mercados también es válida para la administración del Estado y para la política. Nuestros líderes deben hacer mayores esfuerzos para interpretar correctamente al electorado en el momento en que ocurren las elecciones.

A estas reflexiones generales quisiera agregar otras respecto de lo que se ha dado en llamar la sorpresa de la elección, esto es, el inesperado alto porcentaje de votos de Joaquín Lavín. Ricardo Lagos estuvo en el 48% que se esperaba.

No cabe la menor duda que muchos de nosotros hemos visto con frustración que la campaña de Joaquín Lavín ha ignorado temas que sabemos son parte de las ideas propias del sector que representa: privatizaciones, bajas de impuestos, reducción del tamaño del Estado, etc. Decimos con frustración por dos motivos. Por una parte puesto que es evidente que ello es parte de un deliberado esfuerzo de ocultar a los ciudadanos parte de las ideas impopulares de su sector y ello no me parece bueno para la democracia. En segundo lugar, debo confesar que creo que algunos de esos temas son necesarios para reimpulsar nuestra economía en el largo plazo y por ello hubiese querido verlos sobre la mesa. Tendremos que hablar de estos temas después de las elecciones.

Pero lo anterior es una queja más bien personal en una elección que es sobre algo distinto. Es claro que de no ser por el estado de la economía no se habría verificado este estrecho resultado. Sin embargo, no es menos cierto que Joaquín Lavín ha sido capaz de interpretar a muchos electores en su sentimiento de desencanto. Ha realizado un discurso de realizador, solucionador de los problemas que angustian a la gente, que escabulle las peleas y proyecta credibilidad en su capacidad de gestor público eficiente. Todas cualidades que cualquier cuidadano desea en sus autoridades. No cabe duda que Joaquín Lavín ha sido un fenómeno político reordenador de la política chilena, pero aún así es muy probable que la Concertación gane un tercer gobierno el 16 de enero.

Se requiere, en primer lugar, un reforzamiento de las ideas fundamentales de la campaña de Ricardo Lagos, acerca de la igualdad de oportunidades y del rol equilibrador del Estado en el crecimiento económico. Todo ello en un contexto de mensaje de unidad y armonía, tranquilo y sin caras hurañas, que proyecte la visión de futuro sobre la base de la solución de los problemas del presente. A diferencia de Joaquín Lavín, Ricardo Lagos puede hablar de su visión de futuro, de cómo quiere ver a Chile en el bicentenario, pero debe hacerlo desde la identificación y solución de los problemas de hoy. Es cierto que el dinero ha sido un factor importante la campaña, pero ese no es problema de la gente que vota hoy. Es un problema de Estado post-elecciones.

En segundo lugar, el estado de ánimo de la gente es el resultado de una recesión mitad externa y mitad doméstica. La gente necesita escuchar que sus líderes han identificado correctamente los errores cometidos y que estos han sido corregidos. La recesión terminó porque se tomaron las medidas correctoras fundamentales en las variables macroeconómicas y veremos crecimiento fuerte en los próximos meses, creación de empleos y una reducción de la tasa de desempleo. De esto hay enorme consenso en todos los analistas.

La sed de cambio también está en la Concertación y es cierto que nuestra economía requiere un renovador impulso y entusiasmo, puesto que se estuvo enfriando en los años previos a 1997. Es absurdo negar que ello pueda ser realizado por el tercer gobierno de la Concertación. Sería equivalente a haber negado en 1983 que el mismo gobierno pudiese haber reimpulsado la economía, lo que evidentemente ocurrió. Entre 1979 y 1982 se cometieron errores garrafales de manejo macreoconómico, se hicieron los ajustes correspondientes y la economía chilena creció con fuerza desde 1984. Aunque los niveles de crisis no son comparables, se requiere un aire renovador en la Concertación y el bloque tiene la diversidad interna y gente para lograrlo. Ni la Concertación tiene ya el monopolio de gobernar, ni la derecha tiene el monopolio de los buenos técnicos.




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