Por el derecho a no votar


(Columna diario La Tercera, 5 de noviembre de 2012)

Por: Patricio Arrau P.
Ph. D. Economía, U. de Pennsylvania



La alta abstención en las elecciones municipales ha sorprendido a todos por igual. El 60% de los chilenos mayores de 18 años decidió ejercer su derecho a no votar. Otros prefieren decir que ellos decidieron no ejercer su derecho a voto, o que faltaron a su deber cívico de votar, pero en realidad ejercieron el derecho a no votar que les concede el nuevo sistema de inscripción automática y voto voluntario. No cabe duda que la democracia es un bien público que todos debemos proteger. Los derechos de participación en la elección de nuestras autoridades públicas también conlleva deberes, que duda cabe, así como quienes desean participar como candidatos tiene el deber de hacer campañas con contenido y significancia. Es en el fuero interno de cada uno, no en el diseño electoral, donde debe resolverse el carácter de "deber" del voto. El derecho a no votar es el derecho a decirle a los candidatos se están volviendo aburridos, que la foto en la paloma no basta para que la gente se traslade a votar, que la obligación es de los candidatos de hacer campañas de fondo, a llevar un mensaje claro, a entusiasmar.

Sospecho, aunque con honrosas excepciones como da cuenta su vida dedicada con honestidad al servicio público, que muchos arrepentidos del voto voluntario están también haciendo cálculos de su propia conveniencia. El padrón electoral se volvió incierto y con ello se esfumaron las certezas de los incumbentes. El voto voluntario requiere hacer la pega extra de sacar a la gente a votar, y para eso se requiere un mensaje, una conexión con el elector que compense la incomodidad de trasladarse y hacer la cola. El voto voluntario ha recreado la política chilena y ha despertado el entusiasmo de muchos desencantados, por lo menos es mi caso. Espero que nuestra clase política sepa leer los resultados de la elección y se haga la autocrítica que corresponde. Me surgen algunas observaciones. Primero, quedó enterrada la hipótesis de que el voto voluntario haría más elitista la participación. Como lo demostró Eduardo Engel, las comunas ricas tuvieron una abstención muy superior a las comunas pobres. Gran noticia, tapaboca para los teóricos. Segundo, el triunfalismo deja a los propios electores en la casa al considerar que su voto no hace la diferencia. Hay que trabajar la elección con humildad, hasta el último día. Tercero, los candidatos que emergieron de primarias y debate con mayor contenido desbancaron a emblemáticos incumbentes. Se volvió más desafiante el mercado político, en lenguaje de economista, si me lo permiten. Cuarto, el liderazgo político requiere más que habilidad de gestión. Si la buena gestión se ejerce con arrogancia y autoritarismo, desautorizando a los contrincantes, con incontinencia verbal, ofendiendo a las niñas escolares en paro con epítetos inaceptables, o bien se basa en mensajes y métodos tontos (no puedo dejar de pensar en el "cuco" y los diez mil pesos) entonces los ciudadanos pueden votar un cambio. Quinto, Chile sigue siendo un país muy centrista, como lo demuestra el fracaso del "polo izquierdista" y el éxito del subpacto DC-PS, sin perjuicio de lo cual, celebro la incorporación del PC a la política arriba de la mesa. Una democracia donde los incumbentes pueden ser desafiados con mensajes y contenido, que castiga a los líderes arrogantes y que premia las posiciones de centro y moderadas es una democracia prometedora. Esa es la renovada democracia chilena. El voto voluntario cambia completamente la lógica del debate político y cambiará también la anquilosada dinámica interna de los partidos. En lugar de proponer pasos hacia atrás, es la hora de apostar por un renovado sistema político en el contexto del voto voluntario, primarias vinculantes y la eliminación del sistema binominal.


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