Sorprendente crecimiento: economía y política


(Columna de opinión La Tercera, 15 de diciembre de 2012)

Por: Patricio Arrau P.
Ph. D. Economía, U. de Pennsylvania



Es lo menos que se puede decir de las últimas cifras de crecimiento e inflación de la economía chilena. Para quienes siempre ven nuestra economía como un pequeño carro arrastrado por la economía del mundo, y en especial del mundo desarrollado, esto es inexplicable y ese paradigma está definitivamente destrozado. Otra mala explicación es que dependemos dramáticamente del precio del cobre, como si fuéramos una economía monoproductora, lo que evidentemente no somos. Sin duda que el precio del cobre ayuda mucho a nuestra sanidad fiscal, tanto superávit como posición patrimonial del Fisco, y el dinamismo de la minería tiene importantes efectos en determinadas zonas geográficas y multiplica en forma indirecta su impacto al resto de la economía a través de los proveedores de dicha industria. Contribuye, pero está lejos de ser "la" explicación de los que ocurre en nuestra economía, como algunos simplistas pregonan.

Después de languidecer por varios años debido al mal manejo de la crisis asiática de fines de los noventa, y de volver a estancarse con el doble impacto de la crisis subprime y el terremoto del año 2010, lo cierto es que el dinamismo que muestra la economía chilena nos vuelve al sitial que tuvimos previo a la crisis asiática, que parecía nos arrebataban Perú y Colombia. Nuestra economía tiene una sólida base institucional y económica, construida por años de consolidación y políticas coherentes que dichos países están recién empezando a recorrer.

En el centro de la campaña presidencial del actual gobierno, se presentaba la recuperación del crecimiento y del empleo como una promesa que se contrastaba con la desaceleración del crecimiento de más de 8% anual en el gobierno del presidente Aylwin a algo más de 2% en el gobierno de la presidenta Bachelet. Promesa cumplida dijo el ministro de Hacienda en la ENADE, donde estas y otras cifras se comparaban majaderamente con los períodos anteriores. El cierre político que hizo al final, "no es lo mismo quien gobierna" e invitó a los empresarios a apoyar la relección del actual conglomerado, fue el cierre exultante de un ministro que siente que ha hecho casi todo bien, mientras sus colegas anteriores hicieron casi todo mal. Por su parte, en la oposición, se niega que algunas políticas regulatorias, medioambientales y de redistribución del ingreso tuvieran algo que ver en la desaceleración económica mencionada. Así como están las cosas, el pronóstico para los debates de la próxima campaña presidencial será a lo menos pobre: pocas ideas, nulo reconocimiento de lo obrado por el contrincante, difícil lograr acuerdos para los nudos gordianos que amenazan el crecimiento a futuro.

Lo cierto es que no podemos entender el momento de la economía chilena si no lo vemos como el resultado de muchos años de construcción de instituciones y mercados más sólidos, con políticas económicas y sociales que se plasman en un sistema que se reafirma. Que el gobierno anterior no solo se hizo una reforma previsional que legitimó el sistema, sino también se ahorró y gastó cuando correspondía, que se manejó la crisis con diversos instrumentos, algunos de los cuales fueron incentivos a la oferta y al crecimiento. También es necesario comprender, para quienes se alistan a volver a gobernar, que si no se muestran creíbles al mundo privado que invierte y emplea les va a ir muy mal. Porque los “espíritus animales” se paralizan, y en esto un gobierno de centro derecha tiene una gran ventaja. Que en esos primeros años de Aylwin y Frei ello estaba en el centro de la política y por ello ese primer gobierno y medio fue extraordinario para Chile. Que una oposición responsable se suma a los acuerdos de Estado que el país necesita para destrabar las inversiones en energía que amenazan con detener este impulso. Que las políticas pro-crecimiento si hace una gran diferencia, como también lo hace adaptarse a las nuevas demandas sociales.



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