El año de la Innovación


(Columna de opinión La Tercera, 19 de enero de 2013)

Por: Patricio Arrau P.
Ph. D. Economía, U. de Pennsylvania



El gobierno y CORFO han declarado el año 2013 como el año de la innovación. Por su parte, un creciente número de académicos y empresarios del primer mundo han empezado a levantar la voz reclamando que en estos tiempos no hay la suficiente innovación que pueda sostener el crecimiento futuro y elevar aceleradamente el nivel de bienestar de la población, como sí ocurrió durante el siglo veinte. En uno de esos magistrales ensayos que emergen de sus páginas de vez en cuando, la revista británica The Economist propina un firme tapaboca a los pesimistas de la innovación. Los pesimistas argumentan que la productividad y crecimiento en el mundo venía decreciendo sistemáticamente desde los años setenta y que no existirían las invenciones equivalentes a lo que fue el motor a vapor, la imprenta, la electricidad y el teléfono. El gran invento de esta generación, las tecnologías de la información y el conocimiento (TIC) y los aparatos que han surgido de ella, como los computadores y teléfonos móviles, no serían comparables a las invenciones que revolucionaron la industria y el bienestar mundial. El fuerte crecimiento de la productividad que vio el primer mundo entre 1995 y 2004 se habría agotado como lo demostraría el estancamiento de los últimos 6 años. Pero es necesario distinguir con claridad lo que es una innovación y lo que es la tecnología. La tecnología es la forma como hacemos las cosas hoy en día y la innovación es como estamos hoy inventado y aprendiendo a hacer las cosas de mejor manera en el futuro. Existe un rezago importante entre la innovación y la adopción de esa innovación en nuevas tecnologías, en nuevas formas masivas de hacer las cosas. Desde la invención del motor a vapor, hubo que esperar un siglo para ver su contribución máxima al crecimiento de Inglaterra. Cuatro décadas debieron pasar desde que se desarrolló la ingeniería eléctrica en 1880 y su contribución masiva a nuevas formas de aplicación en la industria y las ciudades. Lo mismo ocurre con la revolución de las TIC. El incremento de productividad entre 1995 y 2004 tiene más que ver con el crecimiento de las empresas que producen computadores, extienden fibra óptica e infraestructura inalámbrica, o producen teléfonos móviles, que con los efectos masivos de las TIC en todos los sectores. Esto último está recién apareciendo. Recién estamos adoptando las nuevas TIC en nuestras vidas. Recién la biotecnología se incorpora en los procesos productivos. Recién surgen nuevas transacciones con dinero electrónico o comprar por internet y su despacho directo al hogar. La ley de Moore, es decir, la duplicación de la capacidad computacional cada 18 meses, tiene mucho que aportar aún en nuevas invenciones, robótica, alimentación y medioambiente. Pero el gobierno tiene un muy importante doble rol. Por una parte, "en la era industrial no había que pedir un permiso a un ministro o servicio estatal para incorporar a la industria el poder del vapor o adoptar nuevos equipos eléctricos", como dice The Economist. Una regulación adecuada es necesaria hoy, pues el aire impuro y un planeta contaminado no contribuye al bienestar, pero la sobre regulación detiene la innovación. El estado debe abrir también mercados protegidos por regulaciones, como el caso emblemático de los medios de pago electrónicos. Por otra parte, el gobierno mismo rezaga en productividad. Hay enormes ganancias posibles de productividad en la salud y educación pública, así como en la administración del Estado, pero para ello se requiere enfrentar a los grupos de poder incrustados que se resisten al cambio. En fin, gran iniciativa del gobierno este año de la innovación, pero no nos quedemos en el discurso o emplazamiento solamente, también se requiere actuar con coraje, aunque quede un solo año.


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