La caja de Pandora


(Columna el Diario, 26-09-01)

Por: Patricio Arrau P.



Los dioses del Olimpo, indignados con la osadía de Prometeo, idearon un castigo ejemplificador. La ofensa de Prometeo consistió en robar a los dioses una porción del fuego divino y llevarlo a los hombres, con lo cual les dio la inteligencia. En castigo, Zeus condenó a Prometeo a vivir encadenado a una roca del Cáucaso, mientras un águila le devoraba sus entrañas. Zeus también castigó a los humanos. Para ello, ordenó a sus hijos Hefestos y Hermes, también dioses del Olimpo, hacer un cuerpo de arcilla y agua, igual en belleza a las diosas. De nombre Pandora, la hermosa creación divina fue dotada de los dones de todas las diosas. Hermes colocó en ella la perfidia y el engaño. Seducidos por su belleza, los hombres la incorporaron a su sociedad, pero Pandora abrió una caja que llevaba y de ella salieron los males terribles que contenía, lo que introdujo entre los humanos la desgracia. Sólo la esperanza se mantuvo detenida en el fondo de la caja de Pandora.

Las enseñanzas de este fantástico cuento mitológico pueden ser interpretadas desde diversos ángulos. Esa pizca divina que los humanos le arrebataron a los dioses, su autoconciencia e inteligencia, va acompañada de la necesidad de ejercitar ese nuevo don en un mundo donde la virtud convive con la perfidia, donde se requiere el discernimiento y el libre albedrío para distinguir entre una y la otra. Donde el valor de la decisión individual adquiere un nuevo relieve. Lamentablemente no estaba al alcance de los humanos descubrir la trampa tendida por los dioses y evitar que se extienda por el mundo la desgracia. El sueño ideal de un mundo consciente, libre también de males, seguirá siendo una utopía. Pero una vez en este nuevo mundo, no hay más remedio que vivirlo, buscar incansablemente esos restos de esperanza que permanecen adheridos al fondo de la caja de Pandora.

Hace unos meses atrás, el llamado que hiciera un senador de la República para debatir sobre las debilidades del modelo económico chileno fue respondido por una alta autoridad económica con la desconcertante expresión “no abramos esa caja de Pandora”. Quizá cuantos males, cuanta desgracia pueda salir de aquel intercambio de “inteligentes”.

Más allá de la interpretación concreta que se haya querido dar al cuento mitológico y más allá de los actores particulares involucrados, este gracioso evento del panorama nacional refleja a mi juicio un problema mucho más profundo, un problema endémico en el espíritu nacional. Existe una falta de disposición para debatir abiertamente las políticas de interés nacional y para buscar consensos amplios. Una falta de disposición a dejarse persuadir por el peso de los argumentos en un debate estimulante. Más bien el debate nacional parece un continuo repetir incansable de posiciones inmodificables de lado y lado, replicados con un dejo de perfidia por los medios de comunicación.

Las autoridades de gobierno tienen una especial responsabilidad en este estado de cosas pues detentan la iniciativa y el poder de ejecución de las políticas públicas. Pero el problema es mucho más amplio. Grupos de poder económicos y otros enclaves no gubernamentales también ejercen con frecuencia sus vetos sobre un amplio rango de políticas públicas y de interés nacional. Ejemplos sobran de ambos casos. Dos años de tramitación de reformas laborales y tributarias dejan la sensación de que el gobierno no estaba dispuesto a dejarse persuadir por los argumentos de quienes deben ahora contratar y pagar impuestos. Un contrato entre un trabajador y un empresario no puede quedar al mutuo acuerdo libre y flexible de las partes. Que caja de Pandora se abriría y todas las desgracias del mundo caerían sobre ese par de ingenuos. El despido debe ahora justificarse ante los representantes de los dioses. No está claro si la pereza u otro pecado capital será una excusa justificable ante los ojos divinos. Multas y penas mayores caerán sobre los impíos. Prohibido también que dos adultos acuerden terminar su relación marital y busquen una desvinculación transparente. Quizá cuantos males pueden aparecer si abrimos esa caja de Pandora. Gracias a los dioses del Olimpo, sin embargo, podemos seguir fingiendo nulidades imaginando que somos inteligentes.

El modelo económico chileno está a buen resguardo por propio mérito. No necesita la protección de los dioses y puede soportar un debate sobre sus virtudes y carencias. El balance favorece a las primeras, sin perjuicio de que podemos buscar consensos para superar las segundas. Una nueva política fiscal para crecer con integración social parece estar al centro de las preocupaciones. Una que manteniendo los equilibrios macroeconómicos, también baje los impuestos que distorsionan el proceso de ahorro e inversión y vuelva a enfatizar los impuestos al consumo; una que permita invertir en la infraestructura física que el país necesita y en el capital humano necesario para dotar a la población joven con los talentos para emprender el futuro.


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