Impulso fiscal, pero para las reformas pendientes


(Columna el Diario, 15-03-02)

Por: Patricio Arrau P.



Durante 6 trimestres seguidos, desde el tercer trimestre del año 2000 al último trimestre del año 2001, la economía viene desacelerando. No es fácil entender por qué se frustró la prometedora reactivación de fines de 1999 y principios del 2000, aunque sin duda compiten factores externos e internos. Evidentemente, los únicos factores sobre los cuales podemos actuar son los internos. Desde que se reconoció este hecho, sin embargo, la principal respuesta del gobierno ha sido proponer una política monetaria expansiva, hasta llegar el martes recién pasado a una tasa de 4,75% en términos nominales, lo que representa un 1,75% real si se considera la meta central de la banda de inflación. Todo un récord histórico. En materia fiscal, la oferta de política es una transparente, aunque rígida, política fiscal, que cumple el rol de señal de largo plazo para que los privados ocupen el generoso espacio que abre el Fisco, pero desprovista de cualquier flexibilidad anticíclica. ¿Y si los privados no gastan?

La baja de tres cuartos de punto del martes recién pasado no reviste un riesgo inflacionario. Mientras la demanda no se reanime la inflación está bajo control. Sin duda que la medida no causa daño. Sin embargo, la política monetaria tiene pocas posibilidades de dar ese golpe de campana que despierte la dormida demanda doméstica. La razón del estancamiento no es un alto costo de fondos para invertir, sino que las malas expectativas que tienen los agentes acerca de la evolución de la economía, empleo incluido, hacia el futuro. En condiciones de estancamiento, es normal observar un sistema bancario cauto y sin altos grados de rivalidad competitiva.

El verano ha levantado voces que proponen una política fiscal expansiva para superar el estancamiento y este debate parece imponerse a pesar del deseo en contrario del Ministro de Hacienda. Si el golpe de campana monetario no se oye, ¿puede la política fiscal lograr lo que no ha podido realizar la política monetaria?. Depende.

El ejemplo más claro de que la expansión fiscal (y monetaria) puede fallar es Japón. Una década de expansión monetaria y fiscal, con tasa de interés nominal en cero y un déficit fiscal estimado para 2002 que alcanza a 6,4% del PIB, no ha surtido efecto. La economía decreció 0,6% en 2001 y se espera otro –0,8% en 2002. El ejemplo contrario es el caso de los EE.UU. Después de 4 años de superávit fiscal, las pragmáticas autoridades del país del norte decidieron complementar los 11 recortes de tasas de interés (hasta alcanzar un 1,75%) con una fuerte expansión fiscal en 2001 (rebajas de impuestos, gastos de apoyo a los afectados por los atentados y gastos en armamentos). El vuelco de la economía americana el cuarto trimestre de 2001 sólo puede entenderse en este contexto de un doble impulso monetario y fiscal. Después de 4 años de superávit fiscal previo a 2001, se espera un déficit de más de 1% del PIB en 2002 (US$ 106.000 millones). El déficit se reducirá hasta US$ 80.000 millones en 2003 hasta casi desaparecer en 2004. ¿Qué diferencia a estas dos economías?.

Japón esta estancado en sus necesarias reformas del sistema financiero y de malos incentivos en su estructura corporativa. Mientras los japoneses no vean a su gobierno con la capacidad de reformar la economía, no hay política fiscal o monetaria que tenga efectos. Al contrario, luego de un quinquenio de oro a fines de los noventa, los americanos están tranquilos con el estado de su economía y aplauden el liderazgo de su gobierno en materia económica, además de los logros obtenidos en la lucha contra el terrorismo. Ello se traduce en mejoras en los índices de confianza y en una de las más rápidas reactivaciones de su historia reciente. En esas circunstancias, el estímulo fiscal y monetario tiene efecto.

¿Y Chile qué?. No es viable una expansión fiscal a secas, tipo keynesiana. Existe demasiado “ideologismo antikeynesiano” en el “establishment” económico nacional para lograr acuerdos sobre esa base. Sin embargo, existe una agenda para retomar el crecimiento con integración social que es posible acordar. El acuerdo entre el gobierno y los actores privados en materia del rumbo de la economía es esencial para superar el estancamiento. Varios temas estructurales se traban por problemas de índole fiscal. La reforma de salud se encuentra desfinanciada y se recurre a los 3/7 de las cotizaciones de la ISAPRES. No hay acuerdo. Importantes obras del Metro y EFE y otros proyectos de infraestructura se encuentran desfinanciadas y se recurre a mayores contribuciones. No hay acuerdo. Elevados impuestos a las personas desestimula el crecimiento. Jóvenes universitarios sin crédito fiscal. Insuficientes fondos e incentivos tributarios para el capital de riesgo y la tecnología. Existe acuerdo para bajar impuestos a las pequeñas empresas, sin acuerdo acerca de la compensación. Los distorsionadores impuestos del sistema financiero sobran. La ineficiencia en los hospitales públicos y consultorios requiere recursos para modernizar la gestión (“comprar los estatutos” especiales). En fin, la lista microeconómica con impacto fiscal es larga. Un balance estructural en lugar de un superávit de 1% también garantiza los equilibrios macroeconómicos y liberaría US$ 700 millones. Mayor flexibilidad fiscal para vincular nuevos recursos fiscales a avances en las reformas pendientes que nos permitan crecer con integración social, es un camino posible.


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