¿Están degenerando nuestras instituciones?


(Columna de opinión La Tercera, 18 de octubre de 2014)

Por: Patricio Arrau P.
Ph. D. Economía, U. de Pennsylvania



Mientras viajaba la semana pasada al Chile Day en Londres, la tierra de Niall Ferguson, devoré la segunda mitad de su libro “La gran degeneración: Cómo decaen las instituciones y se mueren las economías”. El autor expone con brillantez como occidente ha estado perdiendo la gran fortaleza institucional que le ha permitido desde la Revolución Gloriosa de 1689 tener un proceso de desarrollo sin precedentes en la historia de la humanidad. Desde la Declaración de Derechos del Súbdito de ese año, que pone fin a la monarquía absolutista inglesa y le quita el derecho de gravar con impuestos, decreta la libertad de expresión y crea el Parlamento y las elecciones libres para deliberar sobre los problemas públicos, occidente se ha visto dividido entre los países que tienen éxito y aquellos que fracasan. Los que han desarrollado instituciones económicas y políticas descentralizadas e inclusivas les va bien, pues crecen y se expanden las oportunidades para todos. Los países que desarrollan instituciones políticas autoritarias e instituciones económicas oligarcas y extractivas les va mal (Daron Acemoglu y James Robinson, en “Por qué fracasan los países”.)

En el análisis de Ferguson, las democracias occidentales y los gobiernos están defraudando a las generaciones futuras con montañas de deuda pública. Se deteriora el contrato social intergeneracional y los procesos de decisión política decaen. En la economía, el desarrollo intervencionista del Estado, con leyes regulatorias excesivamente complejas, deteriora severamente los incentivos económicos y se converge a un estado estacionario sin crecimiento. El imperio de la ley ha dado paso al imperio de los legistas, donde los ciudadanos quedan expectantes ante tanta complejidad legal, se mueren los incentivos económicos y se reduce el espacio de la sociedad civil. El activismo local espontáneo de los ciudadanos ha dado paso a la acción estatal centralizada que lo sustituye. La Revolución Gloriosa original se trató acerca de poner límites a la monarquía y legitimar un Estado soberano para todos por igual, que garantizara el imperio de la ley. Se trató de descentralizar las iniciativas en el contexto de un marco legal justo para todos.

No es posible evitar los paralelos con lo que nos está ocurriendo en Chile. Desde esa verdadera revolución gloriosa de octubre de 1988, que recuperó nuestra democracia y abolió una dictadura “absolutista”; esa revolución que dio paso a una vibrante participación ciudadana, amplió el espacio de la libertad y la iniciativa privada; impuso el imperio de la ley, trajo progreso acelerado a miles de chilenos y nos puso en el primer lugar de la tabla entre las naciones latinoamericanas; desde esa revolución hay evidentes signos de degeneración institucional. Cuando el año 2011 se levantan miles de familias siguiendo a los estudiantes por una demanda de educación de calidad y en contra de las deudas acumuladas, nuestra democracia y sus políticos responden mal. La solución no puede ser centralizar más, sobre regular cada vez más y en forma más compleja. Los mismos apoderados están reaccionando en contra de la mala solución política que nos ofrece nuestra degenerante democracia. La Revolución Gloriosa nunca fue acerca de las mayorías aplastando a las minorías, como algunos pretenden en Chile. Esa fue la desviación francesa que finalmente terminó corregida. El deterioro de la política está muy ligado a la demora por cambiar el sistema binominal y la mantención de un decadente sistema de representación. La agresión política que resultó en la invasión del hogar de un emergente líder político, es el reflejo de una opaca separación de poderes y la manipulación de las instituciones donde los ciudadanos quedamos expectantes. Es evidente que un sector político extractivo y estatista no quiere ceder sus privilegios y está contribuyendo severamente con su pesada maquinaria a la degeneración institucional que observamos. Aún es tiempo de denunciarlos y enmendar rumbos.


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