Sobre los economistas y la soberbia


(Columna La Tercera, 28-04-03)

Por: Patricio Arrau P.



“Soberbia: Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.” Así reza una acepción de esta palabra según el diccionario de la Real Academia Española. Me atrevería a decir que todos los economistas nos volvemos en mayor o menor medida soberbios cuando terminamos de estudiar, especialmente si lo hicimos en una buena universidad extranjera. La razón es simple. Nuestra formación tiene un marcado sesgo cartesiano. Nos elevamos mediante el uso sistemático y ordenado de la razón hacia una comprensión superior de cómo se organiza la economía. Mediante el desarrollo y la invención de modelos matemáticos, luego de haber reducido a los reales actores económicos, consumidores y productores, a representaciones simples, en el más puro método cartesiano, definimos un marco de referencia que nos lleva a recomendaciones de políticas óptimas y eficientes. Estas recomendaciones no aceptan cuestionamientos fundamentales fuera de su propio dominio, pues son el resultado de la genialidad convertida en recomendación.

Los economistas siempre (o casi siempre) hemos definido las políticas económicas. Sin embargo, desde los setenta hasta nuestros días, los economistas hemos emergido como uno de los tomadores de decisiones más poderosos del aparato estatal. Las graves confrontaciones políticas de los sesenta y principios de los setenta debilitaron seriamente las instituciones y amenazaban una fragmentación social de envergadura. El paradigma económico que prometía el orden, la eficiencia y el crecimiento emergió como la visión ordenadora global de la sociedad. Bien que así haya sido, pues no podemos negar que el país ha crecido y se ha modernizado como nunca antes en su historia. Este sesgo de soberbia cartesiana que ha estado detrás de cada uno de los poderosos Ministros de Hacienda de los últimos 25 años ha permitido ordenar el país y dar señales sólidas a los agentes económicos en el contexto de confrontación y debilidad institucional.

Sin embargo, los economistas carecemos totalmente de una educación más “biológica” del sistema económico, social y político, y nuestra irrupción como poderosos en todos estos ámbitos, está empezando a dejar en evidencia un desencuentro que amenaza seriamente la transición a una sociedad más balanceada y equilibrada, que en definitiva entorpece no sólo un gran desarrollo económico, sino también un mejor desarrollo económico. Amenaza también con sumir al Estado en un proceso que los biólogos llaman “entrópico” y que no es más que la pérdida de identidad y destrucción del “ser vivo” ¿No habrá llegado la hora de dejar atrás este “envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás”, y dar paso a una estructura decisional en el Estado más balanceada?. Ello no significa abandonar el derecho a dirigir y realizar un plan económico determinado. Menos a la legítima confrontación, especialmente contra los intereses corporativos minoritarios y mezquinos que bloquean los avances en favor de las grandes mayorías. No significa hacer política de promedios. Significa que debe escucharse más a quienes tienen posibilidades de aportar desde un dominio y comprensión distinta de las cosas y no negar soluciones alternativas o torcer los argumentos en contra de ellas.

Un ejemplo de aquello es el debate sobre el financiamiento de las finanzas públicas del año 2004 y la aparente imposición de una única forma de resolver dicho problema, una única forma de entregar credibilidad y de satisfacer las voraces veleidades de los inversionistas internacionales. Aunque parezca tautológico. Cualquier convención fiscal que sea declarada como adecuada por los observadores afectados es una buena convención fiscal. Hoy hay un amplio grupo de legisladores, políticos, empresarios, analistas y actores económicos y sociales del más diverso tipo que están empezando a preguntarse si no habrá llegado la hora de institucionalizar mejor la toma de decisiones en el país. Si no estaremos equivocados al postergar los avances que requieren recursos públicos, tales como la modernización del estado, salud, educación, fondos de crédito universitario, reformas impositivas al mercado de capitales, reducción de impuesto a utilidades retenidas, etc. No habrá llegado la hora de dar un salto al desarrollo más atrevido, de invertir el capital acumulado, enajenar activos innecesarios en el aparato estatal. Los equilibrios macroeconómicos llegaron para quedarse. Las instituciones del país están muy sólidas. Los soberbios economistas nos volvimos actores dominantes cuando el país lo requería. Ahora el país requiere que demos un paso atrás de una magnitud igual al tamaño de nuestra soberbia.


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