Distorsiones tributarias II: Impuestos de timbres y bebidas analcohólicas


(Columna El Diario Financiero, 12-06-03)

Por: Patricio Arrau P.



En una columna de opinión en este mismo diario el día 8 de mayo de 2003 ( AGREGAR LINK ), decíamos que los países con débiles instituciones económicas y de gobierno deben recurrir con frecuencia a impuestos ineficientes que distorsionan el sistema económico. Países con frágiles instituciones recurren a todo tipo de impuestos específicos sobre actividades formales, de inversionistas extranjeros o de sectores más pudientes con el fin de recaudar recursos públicos. Ello se debe a que un sistema económico informal y carente de instituciones de recaudación de impuestos impide establecer un sistema de base amplia a la renta y al gasto. En la columna anterior analizábamos las distorsiones que crean el impuesto al lujo de los automóviles, que es un impuesto a la seguridad, y el impuesto a los cheques, que se contradice con el declarado interés de crear un Chile tecnológico.

En esta ocasión examinamos otros dos impuestos que son un resabio de aquellos tiempos de fragilidad y que no hay visos de que estén en retirada. Incluso, el primero de ellos, el impuesto de timbres y estampillas, fue incrementado en 1998 como parte de un paquete de compensaciones por una reducción de los aranceles de importación y hay señales de que se desea incrementar el segundo.

Impuesto de timbres

Altamente recaudador, el impuesto de timbres y estampillas es de muy larga data. Antiguamente correspondía a un pago fijo por el timbre físico en los papeles que representaban las transacciones financieras y escrituras notariales. En 1980 se sustituyó por un impuesto proporcional al monto de las transacciones de crédito en pagarés, letras de cambio o cualquier otro documento que represente una operación de crédito de dinero, a la vista o a plazo. Hoy este impuesto distorsiona severamente la intermediación financiera, rigidiza la relación acreedor-deudor, impidiendo una movilidad de los deudores que traería más presión competitiva para los acreedores, pero además tiene una dimensión regresiva. Este impuesto grava proporcionalmente más el costo de fondos de corto plazo versus de largo plazo. Basta constatar que las pequeñas empresas deben financiar sus actividades principalmente con créditos de cortos plazo para concluir que son gravadas en mayor proporción por este impuesto. Si aspiramos a un centro financiero regional, si deseamos ayudar a los más pequeños, este impuesto sobra.

Impuesto IABA

En tanto, el de las bebidas analcohólicas (IABA) es el impuesto adicional de 13% que grava las bebidas gaseosas. Originalmente se introdujo en 1933 como impuesto a los “bienes “suntuarios” consumido por sectores de mejor situación económica y “no deseables”. Posteriormente, en 1951 se racionaliza como un impuesto para evitar que los subsidios al azúcar, destinado a la población de bajos recursos, se filtre hacia los consumidores de más altos ingresos. También se conoce como el impuesto a la Coca-Cola, puesto que su recaudación venía principalmente del consumo de este bien de origen extranjero. Era políticamente correcto. En este momento las encuestas de presupuestos del INE muestran que el consumo de bebidas analcohólicas no sólo alcanza a toda la población, sino que los deciles inferiores tienen una mayor proporción de este consumo. El Servicio de Impuestos Internos desea extenderlo a los jugos y néctares, que a diferencia de las bebidas gaseosas, tienen un importante encadenamiento industrial y de empleo hacia atrás, llegando hasta la misma agricultura. Sería un nuevo paso en la dirección contraria.

Chile tiene un recaudador tributario de reconocido prestigio y una economía de amplia solidez institucional. Llegó la hora de complementar la fama mundial de nuestro recaudador tributario con una política tributaria también de fama mundial. Eliminar los resabios que generan distorsiones, profundizar el impuesto al consumo y acercar las tasas marginales máximas y mínimas de las personas, son componentes necesarios de una buena política tributaria. La falta de una política tributaria es el resultado del acuerdo implícito de ambas campañas presidenciales de 1999 de no debatir este tema. En la próxima campaña presidencial, el debate tributario no puede pasar invisible.




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