Chile y Bolivia, destino común


(Columna diario La Tercera, 7/02/04)

Por: Patricio Arrau P.



Quienes estamos vinculados a la primera región sabemos lo importante que es el entendimiento y la integración entre Chile y Bolivia. Juntos tenemos una gran oportunidad para generar un poderoso nuevo polo de desarrollo para nuestros pueblos. Por ello es preocupante como los aspectos geopolíticos históricos, que tienen poco o nada que ver con el desarrollo económico común, enturbian los espíritus y perturban las voluntades necesarias para dar un puntapié a este proceso de desarrollo y creación de riqueza común. Tres son las voluntades que deben conjugarse. La de un nuevo liderazgo político en la hermana república de Bolivia que sea capaz de cohesionar a su pueblo en torno a los verdaderos elementos económicos y de desarrollo que están en juego y dejar de utilizar el sentimiento antichileno para ese propósito. La voluntad de las autoridades nacionales para definir una potente política de integración hacia Bolivia, que implica dejar atrás viejos esquemas de “neutralidad y transversalidad” en la forma de hacer política económica, entendiendo que enfrentamos una situación especial de un país hermano que requiere ayuda y que amerita decisiones especiales. Y en tercer lugar, la voluntad de una nueva generación empresarial en el norte grande que comprenda las claves del futuro, abandone la función de proveer comercio “informal” a Bolivia y se suba al carro de la modernidad y formalización del comercio internacional de Bolivia. A continuación se profundiza en los dos primeros puntos.

Es comprensible que los aspectos geopolíticos y la histórica demanda por mar sea un instrumento recurrente de cohesión social en Bolivia. Sin embargo no es correcto pensar que una salida al mar resuelva los verdaderos problemas económicos de Bolivia, que tienen que ver con la falta de inversión para la explotación de los cuantiosos recursos primarios que tiene el país, la falta de infraestructura vial para abaratar los costos de transporte del comercio internacional y la necesidad de fuerte inversión en educación. Condición necesaria para este tercer problema es generar la riqueza y desarrollo económico que viene con los otros dos. Hacemos votos para que las conocidas ofertas chilenas de un eventual corredor en el límite norte de Chile junto a un enclave con autonomía tributaria en la bahía de Patillos puedan satisfacer al pueblo boliviano, de modo que Bolivia pueda abocarse a los verdaderos desafíos económicos que tiene por delante: la explotación de los recursos del subsuelo, agrícolas y agroindustriales en su país, junto al mejoramiento de la infraestructura vial y de su capital humano.

En cualquier escenario de solución geopolítica, los bienes y productos transitarán por caminos chilenos y se transferirán en puertos chilenos. Nuestro sector privado puede aportar con capital a las inversiones requeridas, pero también es imperativo que el Estado chileno consolide una nueva política de apoyo a Bolivia. A la muy buena oferta chilena en las entrampadas negociaciones del TLC y a las importantes inversiones privadas asociadas a las concesiones de los puertos del norte grande, se requiere una nueva y decidida política de inversiones viales del Estado y un apoyo bilateral para las inversiones viales en Bolivia. En Chile hemos resuelto maravillosamente las necesarias inversiones viales urbanas e interurbanas en las grandes urbes del centro, pero seguimos con serias insuficiencias en las zonas extremas y regiones de menor densidad. Es absurdo que la soya boliviana viaje por el océano Atlántico hasta el Estrecho de Magallanes, para luego subir por el océano Pacífico hasta Colombia y Venezuela, en un periplo de 60 días, sólo porque los caminos y las inversiones portuarias no son aptas para hacer el mismo recorrido en 15 días por lo puertos chilenos. Es absurdo que la carga se mueva en camiones desde Iquique al resto de Chile, sólo porque la ley no permite que los buques que navegan hacia la quinta región realicen cabotaje de carga. Los nuevos productos bolivianos que se exporten a Chile pueden tener un ahorro de 30% en el transporte entre Iquique-Santiago si se levanta esté anacrónico obstáculo. Una decidida nueva política hacia Bolivia debe identificar estos problemas y resolverlos. Por ejemplo, se pueden escalar las prometidas inversiones en el corredor Huara-Colchane que une Iquique con Oruro, Cochabamba y Santa Cruz. Se puede permitir el cabotaje marítimo de carga entre Iquique y el resto de Chile (que ya está autorizado desde Arica). Finalmente se puede definir un programa de préstamos bilaterales para la inversión en los corredores de integración del lado boliviano. Por ejemplo, con US$ 22 millones que se requieren para el tramo Huachacalla-Pisiga, Bolivia tendría un nuevo corredor comercial y Chile adicionaría a su prestigio internacional una nueva faceta de ayuda y apoyo a su vecino de menores recursos.


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