Ajuste y Reactivación: Mayor Pragmatismo


(columna El Diario 30-03-99)

Por: Patricio Arrau P.



El ajuste fue necesario, aunque se requiere más distancia antes que se pueda concluir si ha sido demasiado profundo. Hoy se intenta descubrir cuan inercial será la baja en la actividad y si la política de reactivación por declaraciones es suficiente. Es posible que no lo sea, y por ello un mayor pragmatismo es necesario.

La crisis asiática nos sorprendió en un ciclo expansivo, con un alto déficit en cuenta corriente, lo que provocó una seria amenaza de contagio catastrófico. Pasarán años antes que podamos evaluar con una distancia desapasionada si el comportamiento de las autoridades chilenas fue el adecuado, o bien califica mejor como errático; si la crisis de liquidez de agosto pasado fue una necesidad o una torpeza; si la tasa de 14% con que concluyó dicha crisis fue un acierto o una exageración. Posiblemente las opiniones se dividirán en estas materias y ciertamente tenemos la nuestra. Lo que sí está claro es que hoy la amenaza de la crisis externa está acotada y que se intenta comprender la secuela de dichas acciones.



La secuela

Pero el tema de hoy es otro. Aún no sabemos qué tan grave es la secuela de las acciones tomadas en el ajuste. La economía chilena se encuentra en una muy severa contracción, mayor que la esperada. El crecimiento negativo de 2,8% del producto en el último trimestre de 1998 es probable que sea seguido por los dos primeros trimestres de 1999 con tasas también negativas de crecimiento. La contracción de la demanda es aún más sintomática. La evidencia preliminar sugiere que la demanda interna está cayendo a tasas entre 15 y 20% en este trimestre, luego de una caída de 13,2% en el último trimestre de 1998. La deprimida demanda se refleja en las abultadas tasas de decrecimiento de las importaciones y de las ventas de comercio en los últimos 7 meses en que se dispone información. Por su parte, los despachos de cemento y la producción industrial vienen cayendo hace 6 y 5 meses respectivamente y el desempleo muy posiblemente alcanzará dos dígitos este año.

La reactivación

¿Existen signos de cambio de tendencia? Aún no. El IMACEC negativo de enero en sólo -1,8%, que ha sido destacado como un signo de cambio de tendencia, se explica por fenómenos de oferta coyunturales no asociados al ajuste económico. Qué tan pesada es la inercia recesiva es aún una incógnita. A juzgar por lo inercial que se ha mostrado la demanda agregada en los ciclos expansivos es bastante aventurado apostar a una rápida reactivación.

Las autoridades están en lo correcto al identificar el desánimo en los agentes económicos como la principal variable que explica la actual situación. Así como el ánimo exitista previo a octubre de 1997 --y no la tasa de interés de entonces-- explica los fuertes ciclos expansivos, también es posible identificar en las deprimidas expectativas de hoy la razón principal que explica la prolongación de la recesión. La pregunta relevante entonces es si sólo las declaraciones cambiarán ese estado de ánimo, o bien se requiere apoyarlas con medidas que, aunque tengan un menor impacto directo en el corto plazo, refuerzan las declaraciones.



Mayor pragmatismo monetario

El Banco Central ha declarado luego de la última reducción de 7,25% a 7% que no debe esperarse futuras bajas significativas. Hemos escuchado distintas argumentaciones: a) que se ha bajado la tasa 7 puntos porcentuales desde 14% a 7% y eso es muy significativo; b) que tenemos las tasas más bajas de Latinoamérica; c) que si bajamos más las tasas tendremos que volver a realizar un ajuste a fines de año o principios del próximo. El primer argumento habla muy mal de la subida de tasa hasta 14%, puesto que demuestra que la economía chilena no requería dicho nivel de tasa en septiembre pasado, sino más bien la firme decisión de proveer liquidez a una tasa fija y el abandono de la experimentación monetaria que liberalizó la tasa de interés interbancaria. El segundo argumento es cierto, pero también ha sido cierto durante toda la década, por lo que no se entiende que tiene de especial ahora. Ello refleja la mayor debilidad macroeconómica de nuestros vecinos y no es un referente adecuado para Chile. El tercer argumento sí merece algún crédito y ronda en la mente de muchos economistas. Se refiere a la hipótesis de que en Chile, cuando la tasa de interés llega al 6,5%, se produce una explosión de demanda agregada que requiere un nuevo ajuste. Ello se fundamenta en la expansión y movimiento de tasas de1995 y de 1997. Si bien compartido por muchos economistas, es necesario analizar este argumento en su contexto. Con grandes entradas de capitales la autoridad intentaba simultáneamente sostener el tipo de cambio y esterilizar las entradas de capitales. El resultado de esto último fue parcial puesto la cantidad de dinero crecía a dos dígitos, lo que hace suponer que dicho nivel de tasas no era restrictivo desde el punto de vista monetario. Hoy la cantidad de dinero está cayendo, lo que sugiere que la actual política monetaria es efectivamente contractiva. Una baja de tasas puede aminorar la restricción monetaria y producir una devaluación real, ambos efectos de impacto reactivador en el mediano plazo, pero quizá de un efecto demostración que ayude a gatillar decisiones de gasto privado. En estas condiciones es improbable que ello impulse la demanda a un nivel que requiera un nuevo ajuste, menos aún a fines de este año, aunque ello no puede descartarse. En todo caso, la gravedad de la situación amerita un enfoque más pragmático de parte de la autoridad monetaria. ¿Es mucho pedir que en medio de una recesión el Banco Central abandone una tasa de interés fuertemente contractiva?.



¿Mayor pragmatismo fiscal?

El argumento a favor de una política fiscal más activa no se encuentra al mismo nivel que el que favorece una política monetaria más activa. En el caso del Banco Central la tasa de interés se encuentra en un nivel superior al nivel de largo plazo que es compatible con una convivencia sana de Chile con la comunidad financiera internacional en creciente globalización. Por ello la falta de pragmatismo de parte de las autoridades monetarias aparece tan desconectada de la realidad.

Una política fiscal sana debiera considerar una evolución de gasto relativamente neutral y pasiva, creciendo no más que el producto interno bruto, lo que no se ha cumplido en 1996 y 1998. Dado un nivel de gasto, el superávit o déficit fiscal resultará de cómo se ejecuten los ingresos que dependen muy fuertemente de variables que el Fisco no controla. Así, con alto precio del cobre o crecimiento por encima del producto estimado se debiera registrar un superávit superior al programado y viceversa. Sin embargo, en circunstancias extraordinarias, sí es posible pensar en ajustes al gasto para estabilizar la economía. Por ello, en 1998 se realizaron recortes presupuestarios con el fin de dar tranquilidad a los agentes económicos internos y externos respecto de la capacidad de las autoridades de mantener el déficit en cuenta corriente bajo control; decisión dolorosa, especialmente para los destinatarios del gasto recortado, pero necesaria. ¿No es posible, por tanto, en caso de una recesión mayor a la esperada, utilizar una política fiscal más activa?. Es curioso pero en el Chile de hoy la anterior pregunta puede considerarse una herejía. Creemos que ello se debe a la falta de pragmatismo y exceso de ideologismo que gobierna nuestra discusión macroeconómica. La crítica desproporcionada e injusta de parte de sectores opositores a la autoridad fiscal, junto a la reciente rigidez que se ha escuchado de parte de ésta última, son ejemplos del exceso de ideologismo. El Ministro de Hacienda ha dicho que pondrá su cargo a disposición si hay déficit fiscal este año. En las actuales circunstancias este no es un año para tener superávit fiscal. El Ministro no controla las variables de ingreso y sólo debe comprometerse a niveles y tasas de crecimiento de gasto sustentables en el tiempo. El nivel de superávit o déficit óptimo que requiere la economía chilena (o si financiar el gasto con impuestos o deuda) es un debate por sí fascinante. Es opinión de quién escribe que el exceso de énfasis en el superávit fiscal llevará irremediablemente a mayores impuestos y no menores gastos, pero éste es un debate para después de la reactivación. Hoy debemos evaluar la posibilidad, por ejemplo, de adelantar gastos de infraestructura en caso de que la recesión se muestre rebelde.




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