La traba es política


(Columna revista Capital, 6/10/2006)

Por: Patricio Arrau P.



El largo período de crecimiento acelerado que Chile vivió en los 10 años que culminan el año 1997, fue seguido por 6 años de muy lento crecimiento y luego por 2 años de moderada aceleración. Hoy se habla de un “mini” enfriamiento que durará sólo el segundo semestre del año 2006, para retomar un crecimiento potencial o “tendencial” para el año 2007. Comparto la algarabía de los Consejeros del Banco Central que, ante la inquietud por el insuficiente crecimiento que se espera en lo inmediato, no han escatimado esfuerzos para destacar el fin del ciclo económico, al menos como éste se manifestaba pocos años atrás. Efectivamente, dejar atrás los amplios ciclos de expansión y contracción de la economía, causados por irresponsables políticas económicas domésticas y/o por la falta de previsión acerca del impacto de los choques externos en nuestros precios de exportación, es un logro país que nos debe llenar de orgullo. Un Banco Central autónomo, con ancla inflacionaria y flexibilidad cambiaria, junto a un Ministerio de Hacienda que planifica el gasto público sobre la base de una contabilidad de ingresos estructurales de largo plazo, con una política de portafolio de sus activos financieros crecientemente transparente y abierta, todo ello en el contexto de libres flujos de intercambio financiero, comercial y de inversiones con el exterior, son sin duda los pilares estructurales de este logro país.

Han sido largos años en los cuales se ha construido este paradigma macroeconómico que nos da estabilidad y que ha amortiguado dramáticamente las oscilaciones. Un largo proceso de ensayo y error que ha dado sus frutos. Durante este período fue necesario relevar las restricciones macroeconómicas y la disciplina fiscal, así como posponer muchas políticas que demandan importantes recursos. Con algo de vergüenza, ahora es posible reconocer que en más de alguna ocasión economistas y autoridades económicas hemos utilizado los argumentos macroeconómicos como un dique de contención, eufemísticamente, para fundar este exitoso paradigma de estabilidad. Hemos usado y abusado del argumento macroeconómico y de la importancia e influencia de los choques externos para que este marco estable de la economía nacional calara hondo en el ADN ciudadano. La estabilidad llegó así para quedarse.

Quizá si el gran aporte de este exitoso marco macroeconómico es que ahora podemos dejar atrás el debate sobre las oscilaciones económicas y concentrar la vista en los fundamentos del crecimiento potencial, en los condicionantes de un desarrollo económico acelerado que traiga bienestar, oportunidades e inclusión social. Hoy es patente que para retomar un crecimiento acelerado por un período largo de tiempo no se requiere esperar a que suba el precio del cobre o que baje la tasa de interés. No es necesario esperar a que el resto del mundo se encuentre en su más alta tasa de expansión en décadas. Tampoco se requiere esperar hasta que se extinga la deuda pública nacional o el que Fisco se convierta en un acreedor internacional. Nada de eso es necesario esperar. Alcanzar el desarrollo depende críticamente de las políticas domésticas que adoptemos en casa. Depende de un tedioso listado de medidas, ninguna de las cuales tiene el glamour y la simpleza comunicacional de la disciplina fiscal y los equilibrios macroeconómicos. Se requiere conectar al país con las nuevas olas de inversión extranjera en las tecnologías de la información y el conocimiento (TICs), desgravando la inversión extranjera en estas industrias, pues no se conoce país que lo haya logrado sin este cambio radical. Se requiere un valiente programa de incentivo a la inversión y el empleo, especialmente focalizado a nuestras pequeñas empresas y a los futuros empresarios que hoy desean emprender ese recorrido. Se requiere disponer de importantes recursos para mejorar la calidad de la educación de nuestros hijos, otro tanto de recursos para reformar la gestión del Estado y liberarlo de los enclaves corporativos que lo inmovilizan. También hay que reformular el mundo de las relaciones laborales en las empresas y continuar el proceso de desregulación y profundización del mercado de capitales. Se requiere en definitiva un Gran Chile Compite. El diagnóstico técnico está muy consensuado, la restricción macroeconómica aparece bastante removida. ¿Que falta entonces? Se requiere una Clase Política, así con mayúscula, capaz de aprehender la oportunidad. La traba es política.



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